Max...


(Photo by omid armin on Unsplash)


"El camino, a pesar de lo empinado, lo empedrado y la persistente lluvia, es precioso. Y las vistas de los bosques y de Bogotá también. Bastante nubladas, eso sí. Las vistas. Pero, aun así, magníficas. Y las estatuas. Muy realistas. Muy bien hechas. Cuando llegamos a la tercera, a la de Cristo que cae por primera vez:


—¿Te acuerdas de una tal Gemma? —me dice la chica así, de sopetón y sin venir a cuento. Me extraña mucho que no me extrañe lo extraño de la pregunta. Pienso un poco, a ver. Por si acaso hay por ahí algún recuerdo oculto. Pero:


—No, no recuerdo a nadie que se llame así.


—Pues deberías.


Silencio. Camina con la cabeza encorvada cubierta por la capucha de la sudadera negra con el dibujo de una gran calavera en la espalda. Si no lleva debajo nada más impermeable debe de ir calada hasta los huesos.


—¿Por? —le pregunto.


Silencio. Me fijo en sus botas militares negras. Robustas. Sus pies sí que parecen estar a buen recaudo de la lluvia. Pasan unos tres o cinco minutos. Una eternidad.


—Porque es una persona que ha marcado tu vida.


«¿Qué dice esta flor? ¿Se pensará que estoy gilipollas o qué?». Si al principio he dudado un poco, muy poco, ahora sí que estoy absolutamente seguro: no conozco a ninguna Gemma".

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